Ayer vi Se7en. Como ya me esperaba, David Fincher no me defraudó ni una pizca. No sé cómo lo hace este director pero hasta ahora las películas suyas que he visto me han encantado. Aún así, lo que quiero en este post no es hablar sobre Se7en en sí, sino sobre lo que vino después de que terminase.
No voy a contar el final, ni siquiera la trama, quien tenga curiosidad que la vea, porque de veras que merece la pena. La cuestión es que conforme pasaban los créditos, no podía parar de pensar en si está del todo bien que nos tomemos la justicia de nuestra mano cuando tenemos ante nosotros a alguien que nos ha hecho tanto daño, o si debemos confiar en que la ley nos protegerá y que el sistema funcionará correctamente. Y una vez más tuve sentimientos encontrados al respecto: por un lado, comprendo que, dada la gravedad del asunto y el manojo de sentimientos que las personas solemos ser, sobre todo cuando se nos pone en una situación tan extrema, lo más lógico sea decir que es mejor matar al asesino y ya está. Ojo por ojo, vaya.
He dicho que comprendo, pero no que comparta esa opinión. Más que nada porque la Ley del Talión quedó atrás hace mucho tiempo y no creo que sea lo mejor para vivir en sociedad restaurarla. Se ha creado un sistema de normas -mejor o peor- para regular este tipo de casos, para darles una solución civilizada, para impedir que nos convirtamos en animales sedientos de venganza. O ¿acaso íbamos a estar mejor sabiendo que a cualquier ofensa -de la que quizá ni nos hayamos dado cuenta- es posible que alguien venga y nos haga lo mismo o algo peor? ¿dónde cabe aquí la posibilidad de arrepentimiento? ¿vamos a estar condenados de por vida a cargar con el lastre de algo que hicimos hace años y de lo que nos sentimos avergonzados? ¿es justo negarle a alguien con problemas de salud mental la ayuda médica necesaria para que no suponga un peligro para la sociedad o para él mismo?
Sé que estos casos son extremos y que muchas veces no se dan, pero aún así, todavía me queda el hecho de que muy pocas veces se está seguro de quién ha sido realmente el criminal, ¿quiénes somos nosotros para asumir de manera absoluta que esa persona es la culpable y que lo mejor es arrebatarle la vida? ¿y si luego resulta que era inocente? Hay multitud de casos en los que se ha mandado al patíbulo a personas que en realidad no habían hecho nada. No estamos en posesión de la verdad absoluta y, en consecuencia, no podemos actuar como si fuera así.
Y es que de todos modos, ¿desde cuando responder a la violencia con más violencia ha sido algo bueno? Al final nos encontramos con que giramos en una espiral de odio hacia la Humanidad de la que es imposible salir. Quizá ése es el problema, que estamos dispuestos a presumir que alguien es culpable antes que inocente porque es más fácil, porque el odio y el rechazo es algo mucho más instintivo y la aceptación y la objetividad requieren cierto ejercicio interior y esfuerzo mental. Y reconozcámoslo, razonar nos gusta más bien poco.
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