Ahora pienso en que me propuse escribir aquí regularmente y me entra la risa floja. Hay que ver qué poca constancia tengo para estas cosas. Supongo que en parte se debe a que no tengo mucho que decir. O sí, pero no soy lo suficientemente valiente como para sentarme frente al teclado y ponerme a escribir al respecto. Hay mucha gente que dice que al escribir sienten como si se abrieran en canal, que les resulta una actividad dolorosa y a la vez necesaria. Creo que me identifico con esa concepción de la escritura, para bien y para mal. Me encanta escribir, no lo voy a negar, pero me cuesta tanto… y no es sólo por la pereza (que también), sino porque en el fondo sé que en cuanto me siente frente al ordenador y comience a teclear, todo será mucho más intenso, esas emociones que durante meses he estado ocultando en el recoveco más insospechado de mi mente, resurgirán con una fuerza descomunal y me golpearan en toda la cara.
En el fondo soy un poco masoca y disfruto con ello, he de reconocerlo. Si no, ¿por qué le doy tantas vueltas a las cosas? ¿por qué escribo a sabiendas de que me va a hacer daño, de que en cierto modo me voy a autolesionar?
Pero es que escribir es mi terapia, por otro lado. Es lo que me hace crecer por dentro, lo que hace que supere todo aquello que temo, lo que me hace más fuerte.
Si es terapéutico para ti, entonces está bien. Lo cierto es que hay momentos en que las manos van solas, las ideas fluyen. Y momentos en los que nos quedamos atascados sin saber qué decir.
ResponderSuprimirmua!